Escribe un cuento

Leticia Loor, Directora del Club de Periodismo, organizó un concurso de escritura de cuentos para sus alumnas. María José Abbud obtuvo el primer lugar con su cuento “La lágrima que rompió el espejo” y en segundo lugar se ubicó Emilia Aycart-Vicencini con su obra “Y ahora que todo se desvanece…”.

Compartimos con ustedes los escritos de estas pequeñas literatas.

La lágrima que rompió el espejo
María José Abbud

Te levantas y silenciosamente caminas al baño cerrando la puerta con seguro detrás de ti.

Te ves al espejo y observas el morado alrededor de tu ojo, el de tu brazo y el de tu abdomen pidiendo ayuda. Tu mirada desesperada ahoga los gritos de auxilio, y las lágrimas entre tú y el espejo forman una barrera imposible de romper.

Huir. No es una opción. Te encontrará y todo perderá el sentido, si es que no se acaba antes. Quedarte. No. Vivir con este reflejo en el espejo, con este seguro en la puerta, con él y sus barreras, sus gritos, sus puños, su impotencia. Sus gritos, sus puños, su impotencia, una y otra vez, esto rueda en tu mente como esfera en un camino empinado, un camino eterno y sin destino, sin fin, al igual que tú y tu reflejo ahora.

Ojalá siga dormido, ojalá no vuelva a despertar.

Ojalá no te hubieras subido a su carro aquella noche solitaria de abril. Ojalá no hubieras estado sola. Ojalá hubieras sabido lo que venía, el final de la supuesta historia de amor; o no el final, quizá con el comienzo hubieras entendido todo, y detenido todo.

Ojalá hubieras detenido todo ahí, en ese encuentro, en ese carro. Ojalá hubieras pedido ayuda, cualquier grito de auxilio hubiera sido más liviano que el peso del silencio, que la carga de la conciencia sobre las miles de posibilidades. Ojalá.

Al principio todo fue tan sutil, como es el amor y su ceguera ante la impotencia. Al principio te culpabas a ti, como es el humano ante los problemas. Al principio te alejaste de la gente, como es la soledad ante la miseria. Luego tal aventurera, buscaste lo nuevo. Luego tal prisionera, buscaste tu libertad. Luego tal soldado en guerra, buscaste tu salida. El único problema fue eso, luego, ¿Qué pasó con el ahora, con lo que una vez fue el presente?

Ahora, que es pasado, solo quedan esperanzas en el futuro, y esas esperanzas se vacían en cada gota que cae de tus brillosos ojos, en cada morado que sale en tu cuerpo, en cada mañana escondida en el baño. Con el tiempo aprendiste que al ignorar el problema, te ahorrabas tener que volver a vivirlo, hacer como si nada ha pasado, tapar los recuerdos, maquillarlos, era la única solución. Te ves al espejo y observas el morado alrededor de tu ojo, el de tu brazo y el de tu abdomen pidiendo ayuda. Tú mirada desesperada ahoga los gritos de auxilio, y las lágrimas entre tú y el espejo forman una barrera imposible de romper. Decidiste quebrar ese espejo, eso que reflejaba los momentos del ayer, eso que estaba al otro lado de tus lágrimas. Lo destrozaste de la misma forma que él te despedazó, primero poco a poco y después sin compasión alguna, te desquitaste con el mensajero de tu desgracia hasta que tus manos, embarradas en sangre, empezaron a temblar y soltaste el suspiro que no sabías que guardabas, el suspiro de todos los días, el suspiro que al salir se llevaba consigo unas partes de ti.

Escuchas pasos en el cuarto y te secas las lágrimas. Ahí fue cuando te diste cuenta que tu único momento libre, tranquila, era solamente cuando él dormía y tú, escondida en el baño, mirabas tu reflejo. Ahí fue cuando notaste que tu vida consistía en esconderte.

Y en ese segundo te diste cuenta de la solución, la opción más obvia, sin embargo, la más escondida. Y en ese segundo te diste cuenta que huir no era una mala idea, lo peor ya había pasado y una vez más pasará, al igual que intentar y fallar. Y en ese segundo abriste la puerta y te diste cuenta que era hora de partir.

 

Y AHORA QUE TODO SE DESVANECE…
Emilia Aycart-Vicencini

Una vida completa había acabado aquel día y una impredecible, empezaba. Ella se paró frente a mí y me hizo entender que desde ahora en adelante, las manecillas del reloj obrarían en contra de ella y que sería el tiempo el que intensifique sus momentos de agonía. La miré a los ojos y fijé mi mirada en la suya, sin decirle nada. Nunca supe si logró ver a través de mi mirada, si alguna vez entendió lo que había detrás de mis ojos llorosos.

Estaba lleno de impotencia, sabía que no podía hacer nada para quebrantar el poder de su desgracia que se sentía tan mía como de ella. Fueron muchos los días en los que me desmoroné frente a ella mientras esperaba en vano, un instante de piedad. Miraba su cuerpo seco, casi sin vida y empezaba a rezar mientras velaba junto a su cama. Le pegué a las paredes, me destruí a mí mismo, incendié mi cabeza y maté mis anhelos. Hubo momentos en los que me arrodillé mirando al cielo gritando por un poco de clemencia. Solo quería que todo termine, pero no podía seguir rezándole al Dios que me había abandonado y decidí dejarlo como el me dejó a mí. Me rompí por completo y perdí la fe en todo a lo que alguna vez me afligió. Estaba solo y nadie podía salvarme.

Muchas veces me la encontraba en sueños. Recuerdo claramente cuando soñé que estaba dentro de una casa donde no había un rastro de claridad. Cuando logro adaptarme a tal oscuridad noto que en el cuarto de arriba hay un foco que irradia un poco de luz y subo las escaleras en orden de llegar hacia ese único destello dentro de ese ambiente tan hostil. La encuentro sentada mirando al reloj colgado en la pared.

Minutos después, trato de sacarla, pero ella no me escucha. Las paredes empiezan a deshacerse al igual que ella, pero el reloj sigue ahí: intacto. Corro hacia ella pero la luz se apaga y me quedo ahí, solo, atrapado entre cuatro frías paredes qué se siguen deshaciendo.

No tomó mucho para que el sonido de las máquinas interrumpa mi sueño y me brinde esa sensación de que todo iba acabar. Me levanté y me restregué los ojos y tuve por primera vez, el presentimiento de que en su cuerpo algo cesaría. La miré por última vez y supe que desde ese momento, ella ya estaría tranquila y que el tiempo ya no la iba a perseguir. Me arrimé a la pared y empecé a golpearla una vez más y esta vez, más que nunca. Me tomó demasiado darme cuenta, que estaba revolcado en el piso con sangre entre mis manos y lleno de lágrimas que bajaban como alfileres.

Fue la primera vez que recé desde que había perdido la fe. Me sentía tan solo y la idea de volver a creer en algo, me llenaba. Logré estabilizarme un poco y fui caminando a la iglesia más cercana, me arrodillé y pedí perdón por alguna vez dudar y rogué con ojos piadosos que la lleve a un mejor lugar.

Llegué a mi casa aquella noche y me paré frente al espejo. Observé los contornos de mi propia cara pálida y noté como debajo de ella, estaban escondidos esos anhelos que se quedarían para siempre atados a la imposibilidad. Me lavé la cara, miré mi reflejo una vez más y lloré amargamente porque supe que la había perdido y la había perdido para siempre.

Me senté en mi cama y empecé a rezar, empecé a entregarme, empecé a desmenuzarme, empecé a manifestarme frente a una persona y esta vez no tenía miedo. Fue ahí cuando me di cuenta que nunca me había abandonado y que ahora, contaba con una satisfacción que no podía ser sustentada por mis sentidos: tenía la certeza de que alguien podía salvarme.

Cerré mis ojos y volví a soñar con aquella casa pero esta vez, no estaba totalmente oscura.

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